Había una vez, en un reino muy lejano, una princesa triste. La ventana de su palacio miraba hacia un hermoso lago, pero la niña solo podía ver un charco; su cabello era dorado como el sol, pero ella solo podía ver un desvaído color pajizo. Todo el mundo le colmaba de presentes, halagaba sus vestidos, su lujoso palacio, pero ella estaba triste.
Un buen día, mientras languidecía en su -incómoda, para ella- cama, apareció un hada madrina.
- Princesa, princesita, te voy a hacer un regalo. La tristeza de tus ojos es tal que nos ha conmovido y, desde el reino de las hadas, hemos decidido regalarte una Bola de los deseos. Esta bola fue forjada al mismo tiempo que
La princesa no sabía qué decir, mientras acariciaba el frío metal de la bola. Era apenas un círculo pequeñito que cabía en el hueco de su mano; parecía, como todos los deseos, algo tan sólido y tangible..., pero a la vez tan frágil...
La niñita cerró los ojos, y acercó
- Bola de los deseos, deseo tener algo que esté conmigo siempre, que me acompañe cuando esté sola, que esté conmigo cuando llore y cuando ría. ¡Quiero tener un gato!
La princesa cerró fuertemente los ojos, y la bolita emitió un plateado fulgor. Al apagarse este, una pequeña bolita negra ronroneante se acurrucaba en el regazo de la princesa. ¡La pequeña volvía a sonreír! Durante un rato, la niña se olvidó de
Mas el mundo de los deseos también tiene sus normas, y algunas de ellas nos son incomprensibles. De repente, la princesita comenzó a estornudar. Su aya, preocupada por la salud de la niña, entró apresuradamente en la habitación. Al ver al minino, la mujer comprendió.
- ¡Mi pequeña! ¿Qué hace este bichillo aquí? Tú no puedes tener animales, ¡les tienes alergia!
El aya, con el cuidadoso cariño de una madre, tomó al gatito de manos de la pequeña, y se alejó con él entre sus brazos.
La princesita, triste una vez más, tomó
- Bolita de los deseos, deseo... - la princesa no sabía qué desear. Durante años había rezado por muchas cosas, pero ahora no sabía qué decidir- Deseo…
La princesita, indecisa, decidió guardar la bola en una cajita de metal, hasta que pudiera decidir qué deseaba.
Guardada en un cajón,
La princesa volvía a sonreír, al ver las galas con que vestían el palacio, al contemplar la belleza del que sería su esposo, al ver la mujer en que se había convertido, al saber a sus padres felices por fin. Minutos antes de la boda, paseando por su antigua habitación, la princesa se tumbó en el pequeño lecho. Las cortinas que la envolvían la hicieron volver al pasado, a su infancia, y recostó melancólica su cabeza sobre la cómoda almohada. Una pequeña esquinita dura se clavó en su nuca, desconcertándola por un momento.
La princesa, ya mujer, revolvió entre los almohadones, y encontró una cajita del tamaño de una mano. Su mente se esforzaba por recordar, mas siendo ya feliz, no sabía qué podía ser. Cogió entre sus manos la cajita y la abrió. En su interior, miríadas de trocitos de plata yacían en torno a una minúscula campanilla, un llamador de ángeles, pero eso la princesa no lo sabía.
La puerta al abrirse la asustó, y la cajita cayó al suelo. El aya entró por la puerta, y la princesa, niña esta vez, despertó del sueño. ¡
El aya, sonriendo condescendiente, la abrazó.
- Ven acá, mi pequeña. No llores por los sueños; son hermosos, y en ellos se es feliz, pero son también frágiles y efímeros. Tratas de atraparlos, los estrechas contra ti y, cuando menos te lo esperas, han desaparecido - la princesa había dejado de llorar; en su corazón, entre latido y latido, podía oír una campanita -. Serás feliz, yo lo sé, mi niña.
El aya dejó a la princesa en su habitación, y la niña se acercó hasta la ventana. La luna brillaba en un cielo colmado de estrellas, y la princesa contempló el lago.
- Bola de los sueños - dijo la niña, reformulando su deseo-, quiero dormir para siempre...
Junto al lago, un lirio blanco floreció esa mañana, mientras el sol rivalizaba con los rizos de una niñita, tumbada en el alfeizar de una ventana, como dormida. Se había ido al mundo de los sueños.

